Por: Juan Francisco García.
Déjense
de joder. Perdón, pero déjense de joder con Neymar. El linchamiento al crack, desde la tribuna de
la moral que aboga por el buen comportamiento…. no, no tiene lugar, hay que
parar. ¿Qué le critican? ¿Su agresividad al terminar el partido contra Colombia,
sus encuentros verbales con Zuñiga? ¿su mala ostia con la prensa una vez se acabó el partido? ¿De verdad? De
verdad se quedan con eso.
Neymar
venía de jugar más de 50 partidos con el Barcelona, aterrizó en Chile a
comandar un barco roto, sin gracia, una Brasil que sólo es Brasil cuando el
número 10, con su cresta y sus tatuajes y su mala ostia –la mala ostia del
gerente que debe poner a funcionar una empresa mediocre- está en la cancha; sin sus cabalgatas endiabladas,
sin su gambeta inexplicable, sin su técnica perfecta para asistir, sin su
comprensión cabal del juego, el barco se
hunde. Y entonces pierde 7 -1 en casa, y entonces, cuando quien lo marca se
juega el partido de la vida y logra neutralizarlo –sí, hablo de Sánchez- Brasil
vuelve a perder. Brasil sin él ya no da miedo, Brasil sin él es vulnerable,
Brasil sin él no es candidata.
Volvamos
al juego. En el début contra Perú fue lo que es: un artista, un rockstar, el
actor protagónico. Ser pieza clave en el
Barcelona del triplete, dejando claro que ya no es la sombra de Messi sino su
escudero, su interlocutor, entrar con creces en el club vip de los elegidos, de
los imprescindibles, no basta: como a Messi, aun le pasan la factura de la
selección. Y ahí, en el frío de Temuco,
con 22 años y la cinta de Capitán, se hizo dueño. Fue Brasil. “Todo a Neymar”
parecía ser la orden de Dunga. Guapo, se echó al hombro a su selección y fue el
faro para poner en riesgo la muralla que le plantó Gareca. Al minuto 92, ojo,
cuando el infierno de las dudas y las críticas parecía otra vez venírsele
encima a la pálida “verdeamarhela”, el crack
cabalga por la izquierda, junta rivales, se hace enfocar por todas las
cámaras y, con la sencillez que solo le es posible a los genios, nos engaña a todos y asiste. Gol. Gana Brasil. ¡Abrácenlo!
Tres
días después, cansado, golpeado, otro infierno para el crack: Colombia. La
selección de Pékerman jugó un partido gigante. En todos los sectores encontró
una presión férrea, sincronizada, asfixiante. Y Sánchez ¡saben que es jugar
contra ese Sánchez omnipresente, incansable, fortísimo! Pero Neymar –¡de 22
años!- fue al frente. Incansable pidió el balón al pie. Incansable se movió por
la izquierda, por la derecha, por el centro. Incansable y valiente se peleó con todos: con Murillo, con Zuñiga,
con Sánchez, con Armero. Cada vez que tuvo el balón fue un parto para la
“tricolor”. Comprobamos todos que contra
los elegidos la pizarra tiene sus límites.
No
le alcanzó, es cierto, esta vez no pudo salvar el barco. Colombia 1, Brasil 0. Y la foto final es la de un rockstar
enfurecido con su banda. Sus compañeros no le dan la talla. Dunga no logra
siquiera una mediocre simulación del
ambiente ideal con el que cuenta el crack en España. Brasil es infértil.
Y Neymar explota, habla de más, se hace expulsar. Cuatro fechas de sanción,
adiós Copa América, abandono del crack. ¿Reprochable? Quizá. Pero hasta ahí. El
linchamiento radical al crack es torpe y mezquino. Con todo el respeto,
apedreadores, déjense de joder y, ya que les gusta el fútbol, agradezcan que el
azar, no contento con hacernos coincidir con el alien argentino, también nos
puso a disfrutar a Ney. Digan gracias.

Dele un hijo.
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