Por: Juan Pablo Rodríguez
Ajenos (o no) a las especulaciones que rondaban la previa
del partido, luego de que la Conmebol reafirmara su apetito comercial en
detrimento del juego limpio, Brasil tiró de la renta. Una vez más, como ya es
habitual, desempolvó el peso de la camiseta y los últimos vestigios de su
historia futbolística para imponerse, sin ser superior, a una Venezuela con
deseos de demostrarle al continente que está lejos de ser la cenicienta que una
vez fue.
Sin Neymar, Dunga no tuvo más remedio que recurrir a las
bicicletas oxidadas de Robinho, el último estandarte de la selección campeona
del 2007, consciente de las limitaciones de quien antaño fue considerado el
futuro de Brasil y uno de los referentes de una selección dedicada a la bebida
y la fiesta.
A sabiendas de que el empate le favorecía, pero que la crítica
le agobiaba, dejarse llevar por las suposiciones no era un escenario que Dunga
proyectara en la antesala del partido. La pentacampeona del mundo salía a la cancha
para demostrar que, más allá del golpe anímico y deportivo que supone la
suspensión de Neymar, Brasil es más que su estrella y su historia. Ni lo uno,
ni lo otro.
Sin embargo, poco o nada le importa a su director técnico.
Enamorado de los números— como dirán muchos que debe ser—, el resultado va por
encima del ayer y del mañana. Si se necesitaba ganar, no pidan goleadas que un
tanto de diferencia es suficiente; si querían ver magia, ahí les pongo a un
artista (?) en decadencia; si querían ver a Brasil ganando el grupo y en
cuartos de final, no pidan espectáculo y aténganse a la evidencia empírica.
A Dunga no le hablen del cómo, ni le pregunten por qué. Con
quien ya dirigió a la selección brasileña entre julio de 2006 y el mismo mes
del 2010 hay que hablar exclusivamente del qué. ¿Quieren ser campeones? Aténganse
a las consecuencias, puede que no les guste del todo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario